Un fuerte estruendo en el techo bastó para activar el instinto de supervivencia de una persona que, sin pensarlo, abandonó el lugar en cuestión de segundos, justo antes de que la situación se volviera peligrosa. Su reacción inmediata marcó la diferencia entre la vida y la muerte, demostrando cómo la intuición puede ser clave en momentos críticos.
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